Los últimos rayos de luz caen sobre la catedral de Huajuapan, donde descansan los restos del héroe libertador, Antonio de León y Loyola. Tras ellos, la ciudad enciende su corazón artificial: miles de focos de colores alumbran las calles de todas sus colonias y agencias.
La Presidencia Municipal, con su arquitectura tradicional es la primera en reclamar la luz, bañada en potentes haces de luz ámbar y dorada, se convierte en un monolito de historia. El color cálido resalta las maravillas de su mural, volviendo el edificio menos administrativo y más escenográfico, un monumento histórico que flota sobre la Plaza de la Libertad de Expresión.
El parque, en cada esquina enmarca la entrada triunfal de la nostalgia y paz que ofrece la navidad, que nos conduce al corazón de la Plaza de la Libertad de Expresión, donde el kiosko ilumina la esperanza de un año nuevo, un año lleno de amor entre huajuapeños.
Sin embargo, el manto de luz pública no es uniforme. Alejándonos de la plaza, en el Callejón del Chirundo del Bullanguero Barrio de San José, el contraste es violento. La luz no es pública ni uniforme: es privada, fragmentada. Se escapa en rectángulos amarillentos por las ventanas, que anuncian cenas o conversaciones silenciosas. Las luces colgantes que alumbran el paso son débiles, y cada grieta, esquina y puerta encuentra su sombra más profunda.
Aquí, la luz es cálida, silenciosa y reveladora, creando una geometría secreta de planos oscuros y fugaces destellos que solo el caminante solitario puede descifrar.
Al final del callejón, el puente del Chirundo se tiende sobre el cauce del río Mixteco, símbolo de tradición que rememora a los matachines del barrio. Este espacio, de atmósfera nostálgica, vibra con el paso de los autos, proyectando el esqueleto de concreto del puente en reflejos acuosos sobre el río.
El sonido del tiempo es tangible en la Torre del Reloj, elevada y solemne. Su cuadrante es un disco lechoso y difuso que ilumina en un radio muy corto; sus agujas parecen detenerse en la luz, creando una burbuja temporal en lo alto, indiferente al frenesí de los autos que corren debajo.
Viajamos hasta el Obelisco, que rompe la línea del horizonte, es una flecha vertical de luces coloridas y alegres, un índice luminoso que perfora la oscuridad del cielo y da la bienvenida a los visitantes.
Huajuapan se ha cubierto con el manto de la navidad, donde la luz es movimiento puro. Las calles se convierten en un espejo para el río interminable de faros: los haces blancos de avance, nerviosos y directos, contrastan con los estallidos rojos y pausados de los autos. Bajo este manto eléctrico de blancos, rojos y ámbares, la ciudad respira: una criatura de piedra y metal cuyos latidos son medidos por el pulso de las luces navideñas de paz y amor.